Por Clara María Ochoa – Ana Piñeres
especial para la revista NUMERO
Nos parece imperativo disertar un poco sobre la verdadera labor y la larga carrera que tiene un productor cada vez que emprende un proyecto cinematográfico.
Para ser más técnicos y exactos, en Job Descriptions for Film (5a ed., William Hines, Ed. Venture) se enumeran algunas de sus funciones:
«El productor es la cabeza de una obra cinematográfica, tiene toda la autoridad y la responsabilidad de velar por cada una de las fases de la realización de la película, desde el concepto, pasando por el desarrollo, la preproducción, la producción, la posproducción y el mercadeo, en orden de mantener la calidad de la obra, el control financiero y estar pendiente de la ejecución de los cronogramas de trabajo, plan de rodaje y presupuesto. El productor contrata y define el elenco, el equipo técnico y todo el staff; es un conocedor de las leyes y reglamentaciones cinematográficas vigentes de su país y otros países, de los convenios con las organizaciones de trabajadores, manejo y conocimiento de los asuntos legales, tributarios, financieros, tarifas del mercado, proveedores y servicios. El éxito financiero y la calidad de la película dependen del productor».
Sin embargo, esta descripción es muy general y desconoce una de las labores fundamentales de un buen productor: la creación. El productor también es un autor, al ser quien define diversos aspectos de la obra cinematográfica. Vale la pena recordar a David Puttman, productor europeo de culto al que se le deben películas como Bugsy Malone (1975), Expreso de medianoche (1978), Carros de fuego (1981), Los gritos del silencio (1984), entre muchas otras, cuando precisaba: «El quid de la cuestión está en entender que la producción audiovisual admite tareas creativas, no como un añadido artificial o condescendiente, sino en razón de su propia índole, Producir es crear. Las competencias propias de este oficio incluyen, por tanto, no sólo organización, gestión y control financiero, sino también elementos creativos que condicionan el resultado final —como la idea, el guión, el director, el reparto, el montaje o la música— y sobre los cuales el productor puede tener algo que decir… En muchos de los casos el productor tiene derecho a ser considerado tan autor de la obra resultante como el director o el guionista».
Para complementar esa definición le pedimos a la reconocida productora mexicana Bertha Navarro (El laberinto del fauno, Dir. Guillermo del Toro; Crónicas, Dir. Sebastián Cordero; El espinazo del diablo, Dir. Guillermo del Toro, coproducción con El Deseo S.A.; El cobrador, Dir. Paul Leduc, entre muchas otras) que nos definiera la labor del productor. Ella generosamente eligió un extracto de su Master Class de producción, el cual dicta desde hace ya varios años en diversos escenarios académicos del mundo:
«La Real Academia de la Lengua describe a un productor como “la persona que con responsabilidad financiera comercial organiza la realización de una obra cinematográfica” y casi todo el mundo piensa así. Y no es solamente asumir la responsabilidad financiera. El productor, o productora, tiene una función central en una obra cinematográfica. Una función creativa, de elegir la mejor historia para contar, el mejor guión, de buscar el talento en el director, a los actores, y al resto de los realizadores. Hacer que todos “colaboren” y todos hagan la misma película. En suma, es quien tiene la visión global del proyecto».
En conclusión, para ser no sólo un productor sino uno bueno, hay que tener olfato para llegar a las buenas historias, ser un buen gestor, un líder de su equipo y con visión empresarial para llevar sus películas, desde el desarrollo hasta la comercialización, al lugar que imaginó desde la concepción del proyecto. Un productor es un realizador de sueños.
Pero hay un factor de las funciones propias del productor que siempre es polémico en la industria y punto de discusión: lo comercial vs. lo creativo.
En realidad, el productor no se ha inventado nada nuevo; esa dualidad es la naturaleza del cine que debe fluctuar entre el arte y la industria, y dentro del marco de las industrias culturales es un concepto válido para proyectar al cine y la obra cinematográfica no solamente como una pieza artística sino como un producto rentable dentro de una industria que debería crecer, solidificarse, proyectarse e impactar positivamente la economía del país.
Ya lo decía nuestro entrañable amigo y productor Jaime Osorio (Cine en Colombia, una industria por hacer, Proimágenes en Movimiento):
«El productor da al proceso de creación la seguridad de que el proyecto se materializará. El trabajo del director y del guionista se maneja siempre en la abstracción y, por supuesto, se arma en la imaginación y se concreta en espacios que no son los del cine».
Por eso a veces los productores tenemos conflictos con directores y guionistas, pues nuestra labor no es abstracta, es real, y nuestro gran compromiso es con inversionistas y con el público; los productores debemos pensar con los ojos del público.
En Colombia hay que dejar de satanizar lo comercial y comprender que para que haya una industria fuerte debe existir sostenibilidad del negocio, y esto sólo lo lograremos a través de dos premisas: un producto de alta calidad y una buena estrategia de producción y negocios, enfocada en obtener la mejor comercialización y distribución de la obra cinematográfica en el mundo, que la haga rentable para sus inversionistas y que nos permita realizar más películas y, por ende, generar industria.
Si los productores somos el pilar fundamental de la consolidación de una industria cinematográfica nacional, debemos asumir la obligación de desarrollarla. Existen ya herramientas de trabajo, ahora se necesitan profesionales que se comprometan a liderar y a pensar el cine colombiano desde la perspectiva de la creación, legislación y viabilidad del negocio.
Pero ¿qué nos hace falta? Tal vez más compromiso con los diversos sectores (guionistas, directores, productores, exhibidores, distribuidores, etc.); unir esfuerzos y fuerzas para reflexionar y tomar acción sobre la problemática del cine nacional; definir estándares de calidad y desarrollo; investigar, documentarse y participar en la creación de reformas que necesita la Ley de Cine; pensar en la industria, proyectarla y, sobre todo, encontrar fórmulas para hacer que el negocio cinematográfico sea rentable; porque por más ventajas tributarias que obtengan los inversionistas y esto minimice el riesgo, si no se piensa en unas estrategias de comercialización más audaces, el cine en Colombia seguirá siendo poco viable financieramente.
Crear empresa; tener nuevas e innovadoras ideas; desarrollar, producir y coproducir cine de calidad universal; proyectar financieramente cada una de las películas y hacerlas rentables, son objetivos que deberían trasnocharnos como gremio. Ese es, en parte, el camino que hemos recorrido con CMO Producciones en estos diez años de labores, en procura de estimular el crecimiento del cine colombiano.
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